lunes, 4 de julio de 2016

La Residencia

Al volver se encontró el libro abierto sobre la mesa. El aroma a papel pasado por los años era inconfundible. Se acercó con cautela, suponiendo que era una nueva broma de Basilio, siempre tan amigo de reírse de sus torpezas. El cuarto de la Residencia era lo bastante grande para ambos, pero estaba lleno de pequeñas trampas para alguien deseoso de tenderlas. Desde que llegó, Basilio había sido duro, muy duro con él.
Rozó las ajadas páginas con la yema de sus dedos temblorosos, encogidos por el castigo de la artritis. Se atrevió a sostenerlo y acariciar el lomo, sin que nada ocurriera. Ninguna sorpresa, ninguna risa a sus espaldas. Nada de trabar el bastón entre sus piernas, nada que golpeara por sorpresa su espalda. Ni rastro de Basilio. Tal vez estuviera persiguiendo faldas o tal vez se hubiera cansado ya de humillarlo, simplemente. Pero, ¿y el libro? Lamentó haber perdido los años de infancia en el monte, porque las cabras poco saben de letras. ¿Qué escondería ese objeto, igual a los que llenaban las estanterías de la sala común? Si al menos tuviera fotos...
Escuchó de fondo una ambulancia. Otro pobre -otra pobre- que no ha superado la comida. Y mientras Gregorio miraba pacientemente, al calor del ventanuco, el brillo del mediodía en esos signos indescriptibles no acertaba a pensar que Basilio lo había robado la noche anterior. Y en la página cuarenta le había dejado como recuerdo, con pésima caligrafía, algo parecido a un perdón.

3 comentarios:

  1. Desde luego, son dos relatos que me llegan adentro. Me gustan ambos. Un saludo

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