viernes, 1 de julio de 2016

El Muso

El cristal de las paredes transmitía con nitidez las vibraciones de cada uno. Los lamentos del hijo, las quejas del padre, los suspiros de la madre… 
Incluso el silencio burlesco del resto hacía resonar los paramentos vitrosos, pero al final… siempre persistía una última y tenue nota lejana; un llanto apagado y pueril.
La tersura de las lágrimas de Óscar, y los pensamientos cristalinos y primitivos de Zeus, se empeñaban en importunar cada minuto de la eternidad..
Él, envidiaba a sus hermanas; el padre, escuchaba sus reproches y anhelos; pero jamás transigiría… si solo fueran sueños; pero un padre, sea cual sea su naturaleza, nunca queda impasible ante el llanto de un hijo.
—¿Por qué lloras? —tronó Zeus, esperando que la respuesta cambiase.
—¿Me habéis escuchado? —preguntó el joven limpiando su rostro y esquivando la mirada.
—¡Se te escucha en todo palacio! —Los cimientos del Olimpo vibraron ante la ira paterna.
—¡Os lo he dicho miles de veces! Jamás comprenderé el motivo por el qué decidisteis que mis hermanas fuesen veneradas por los humanos, dejándome a mí sin reconocimiento entre los mortales —El joven, sin mirar al padre de todos los Dioses le lanzó el mismo reproche de siempre.
—Son mujeres, eso es lo que se espera de ellas —intentó que su hijo lo mirase—. Tú te debes a la guerra, a la agricultura, a la fiesta o al vino… Puedes elegir hasta ser el Dios del Fuego, pero jamás te dejaré que hagas cosas de mujeres…Haz como tus hermanos, elige algo de hombres y te lo concederé… ¡Lo que quieras! ¡Te lo repito… Nunca serás un Dios de cosas de mujeres!
—Pero… Padre, desde que nací me obligasteis a ir con esta espada que odio… no puedo soltarla jamás por culpa vuestra maldición.
—¡Y con ella seguirás hasta que te comportes como lo que eres… Un hombre! —Zeus, Cansado de discutir siempre de lo mismo alzó el tono aún más, descargando sobre su hijo tanta ira como le fue posible.
—¡Nunca lo haré! ¡Dejadme solo! —gritó de forma ahogada.
Zeus, después de tanto tiempo, acabó de comprender que ni con todo el tiempo del mundo por delante, su hijo abandonaría esos sueños. Como castigo, lo convirtió en estatua…
Una estatua de Oro.
—¡Lo que faltaba —dijo mientras llevaba a cabo su maldición—, que un hijo mío fuese una musa como sus hermanas!


¡Érato, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore, ellas son musas de las artes!  Pero... ¿De qué podría ser musa Óscar? 

1 comentario:

  1. Pues yo creo que aquí está la respuesta a las visitas de Estados Unidos al blog. Andan buscando la verdadera historia de la estatuilla de los Oscars, y la tuya, Rafa, seguro que les sirve.

    Buen relato.

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